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Centro de Educación Salesiana Don Bosco



Proteger la Familia

Por Mauricio Leitón

Cuenta una historia que un matrimonio decidió hacer un paseo, al llegar a la playa María preguntó a José en que lugar había puesto el bloqueador solar, pues ella en casa había insistido cuan importante era llevarlo al viaje.

José respondió: Lo olvidé en la puerta de casa mientras cargaba más cosas en el auto…

María se puso furiosa pues su piel es muy blanca y eso implicaba que no podía exponerse al sol, discutió con su esposo y le recordó cuantas veces le pidió ese simple favor, ella estaba indignada, furiosa y decepcionada por el despiste de su conyugue al punto que le gritó ofendiéndole gravemente.

José ofendido se agachó y con una pequeña rama escribió en la arena “Hoy María mi amada esposa me ha insultado” ella lo miró, pero era tal su furor que no dijo nada.

Entretenidos en el problema una ola vino y arrastró sus cosas, José corrió a salvarlas, pero no pudo con la corriente de resaca, María gran nadadora, sin pensarlo dos veces se lanzó al agua y salvó a su esposo de morir ahogado.

Al recuperarse José tomó un desatornillador del auto y escribió en una gran roca “Hoy María mi amada esposa me ha salvado la vida”

Intrigada María preguntó ¿Por qué al insultarte escribiste en la arena y ahora escribes en una roca?

A lo cual José respondió: Cuando alguien nos ofende debemos escribir en la arena para que las olas del olvido y el perdón se encarguen de borrarla y olvidarla. En cambio, cuando alguien nos ayuda es algo grandioso y es preciso grabarlo en la roca de la memoria y el corazón, donde ninguna ola, tormenta o fenómeno podrá borrarlo nunca.

Proteger la familia es como escribir en la roca, es la decisión más determinante de la vida ya que si no protegemos uno de los más hermosos dones que Dios nos ha dado nos exponemos a perderla.

La familia como fundamento de la sociedad y primera comunidad natural es a su vez Iglesia doméstica, el ser humano por naturaleza está impulsado a convivir y es precisamente en esta cercanía que desarrolla su dignidad y su libertad con un lenguaje llamado el amor.

El hecho de que la familia es un regalo de Dios puede evidenciarse desde el Génesis, cuando el Creador dice: «Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne» (Gen 2,24). En palabras de Jesús la sagrada unión de los esposos queda patente cuando declara «¿No habéis leído que el Creador, desde el comienzo, los hizo varón y hembra, y que dijo: Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, ¿y los dos se harán una sola carne?" (Mt 19, 4-5)

El Papa Pablo VI nos recuerda en la Encíclica Humanae Vite el verdadero sentido de la familia:

“El matrimonio no es, por tanto, efecto de la casualidad o producto de la evolución de fuerzas naturales inconscientes; es una sabia institución del Creador para realizar en la humanidad su designio de amor. Los esposos, mediante su recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión de sus seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal, para colaborar con Dios en la generación y en la educación de nuevas vidas. En los bautizados el matrimonio reviste, además, la dignidad de signo sacramental de la gracia, en cuanto representa la unión de Cristo y de la Iglesia” (HV #8)

Podemos afirmar por tanto que la familia es un reflejo de ese amor plenamente humano, sensible y espiritual al mismo tiempo, destinado a mantenerse y a crecer mediante las alegrías y los dolores de la vida cotidiana, de forma que los esposos se conviertan en un solo corazón y en una sola alma y juntos alcancen su perfección humana.

Entendido el origen de la familia en el amor de los esposos, comprendemos por que se dicen mutuamente: “Me entrego a ti y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida” (Rito del matrimonio)

La filiación conyugal no exime a la familia de problemas, amenazas y riesgos. Es por esto que conviene proteger la familia desde su concepción en el matrimonio para lo cual quiero compartir algunas pautas a seguir en ese cuidado:

  • 1. Es necesario una adecuada preparación de los novios para el matrimonio que contenga no solo los principios doctrinales sino las orientaciones que un equipo experimentado pueda aportar en la catequesis prematrimonial.
  • 2. Los esposos requieren acompañamiento, como aprendices los recién casados deben buscar el apoyo de consejeros debidamente preparados para prestar ayuda en los primeros años de la unión.
  • 3. La apertura a la vida es comprendida como esa decisión de los conyugues de tener hijos, criarlos de forma adecuada y acompañarlos en el camino a su realización personal, espiritual y familiar.

Una realidad inevitable son los problemas y las múltiples vicisitudes de la vida que ponen a prueba la sostenibilidad de la vida conyugal y familiar, es la presencia del dolor, del mal, de la violencia que rompen la vida de la familia y su íntima comunión de vida y de amor.

En la Sagrada Escritura Dios nos muestra a familias que están en crisis o en medio de algún dolor (Adán y Eva con sus hijos Caín y Abel, las diferentes problemáticas de las familias de los patriarcas Abrahán, Isaac y Jacob, David y su adulterio con Betsabé, entre otras muchas) mostrándoles a todos la meta del camino (la vida eterna), cuando Dios «enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor» (Ap 21,4).

Resplandece la vida eterna como ese objetivo por encima del dolor humano, pero también el Padre amoroso alienta a las familias a perseverar frente al individualismo que desvirtúa los vínculos familiares y acaba por considerar a cada componente de la familia como una isla, esa famosa escena de la familia que almuerza estando cada uno en una habitación distinta embobados frente a una pantalla o peor aun cuando estando todos en la misma mesa pero distantes pues cada uno medita sus prioridades, a esto le llamamos desintegración familiar. Ciertamente los esposos pueden vivir un verdadero divorcio emocional pese a dormir en la misma cama, siendo sus hijos testigos de esta ruptura, sazonada por un silencio que mata.

Otro enemigo que asecha la familia es el descalabro moral de una sociedad que apuesta a una libertad sin responsabilidad, una actitud centrada en el placer y lo pasajero, donde se erigen ídolos en la cultura del erotismo, el dinero fácil y la fama de aquel que consume drogas e invita a los jóvenes a caminar como un rebaño sin criterio, capaz de asombrarse por una bacteria encontrada en Marte pero que es insensible ante la muerte de millones en el genocidio abortista.

Cuando Dios envió a su Hijo al mundo lo hizo en el seno de una familia, porque a falta de la misma, se crea en la persona que viene al mundo una carencia preocupante y dolorosa que pesará posteriormente durante toda la vida. Jesús fue acogido con amor por María la virgen que dijo sí a Dios y José el hombre justo que comprendió el lenguaje de Dios en sus sueños. La familia es la comunidad fundamental sobre la cual se apoyó nuestro Señor Jesús, siendo un niño frágil halló cobijo en el pesebre, en la humildad de un matrimonio sustentado por un carpintero y una joven madre.

“Qué indispensable es el testimonio de todas las familias que viven cada día su vocación; cuán urgente es una gran oración de las familias, que aumente y abarque el mundo entero, y en la cual se exprese una acción de gracias por el amor en la verdad, por la «efusión de la gracia del Espíritu Santo», por la presencia de Cristo entre padres e hijos: Cristo, redentor y esposo, que «nos amó hasta el extremo» (cf. Jn 13, 1). Estamos plenamente persuadidos de que este amor es más grande que todo (cf. 1 Co 13, 13); y creemos que es capaz de superar victoriosamente todo lo que no sea amor” (Carta a las Familias San Juan Pablo II, 1994)

El Magisterio de la Iglesia ha nutrido de abundantes recursos a los que buscamos el bien de las familias e insiste en la “urgente necesidad de la oración” para tiempos de calamidad no hay espacio para la queja, la decepción y la renuncia. La familia orante es el bastión desde el cual se tejen los milagros, clamar a Dios con fe y esperanza es una forma de proteger a la familia del desánimo, la amargura y la depresión.

El la vida de San Juan Bosco miramos un ejemplo de gran valor para las familias que sufren, dice que después de quedar viuda su madre muchas veces alimentó a la familia mientras tuvo con qué hacerlo. Después entregó una cantidad de dinero a un vecino, llamado Bernardo Cavallo para que fuese en busca de comestibles. Rondó éste por varios mercados, más nada pudo encontrar ni a precios abusivos. Volvió al cabo de dos días, hacia el anochecer. Todos le esperaban, pero cuando dijo que volvía con el dinero en el bolsillo y que no traía nada, el miedo se apoderó de todos, ya que, dado el escaso alimento que habían tomado aquel día, eran de temer las funestas consecuencias del hambre para aquella noche. Mi madre, sin apurarse, pidió prestado a los vecinos algo que comer, pero ninguno pudo ayudarla.

-Mi marido -añadió entonces- me dijo antes de morir que tuviera confianza en Dios. Venid, hijitos míos, pongámonos de rodillas y recemos.

Tras una corta plegaria, se levantó y dijo:

-Para casos extraordinarios, medios extraordinarios.

Fue entonces a la cuadra, en compañía del señor Cavallo, mató un becerro y haciendo cocer una parte a toda prisa, logró aplacar el hambre de la extenuada familia. Días más tarde pudo proveerse de cereales, traídos de muy lejos, a precios enormes. (Memorias para el Oratorio, San Juan Bosco)

Las familias no estarán exentas de los problemas, sin embargo, debemos recordar que no estamos solos, el mismo Dios que liberó a su pueblo de la cautividad en Egipto es capaz de romper las cadenas que atan a las familias en la actualidad.

La esperanza es recibir al Dios verdadero y conocerlo, en la Carta a los Efesios: antes del encuentro con Cristo, los Efesios estaban sin esperanza, porque estaban en el mundo «sin Dios». No fue sino hasta su conversión auténtica que comprendieron la esperanza, nosotros que hemos vivido en un contexto con Dios y buscamos relacionarnos con Él corremos el riesgo de acostumbrarnos a oir su Palabra, sin aplicarla a la vida, es imperativo escuchar a Dios en la Sagrada Escritura, su Revelación es camino de salvación y sustento de la esperanza aun en medio de la tribulación.

“La grandeza de la humanidad está determinada esencialmente por su relación con el sufrimiento y con el que sufre” (Encíclica Spe Salvis # 38, Papa Benedicto XVI, 2007) Porque es mediante la fe que podemos mirar al Señor en medio de las dificultades como lo dijo a Josué «¿No te lo he ordenado yo? ¡Sé fuerte y valiente! No temas ni te acobardes, porque el Señor tu Dios estará contigo dondequiera que vayas». (Jos 1,9) Es en todo lugar y momento, eso incluye el hoy, la pandemia, la dificultad económica y los demás problemas que salen a nuestro paso, «Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio» (Tim 1,7) Ánimo, aunque se estrechen los caminos Dios hará milagros, cree y ten fe “En el mundo tenéis tribulación; pero confiad, yo he vencido al mundo». (Jn 16,33b)

La más grande de las victorias fue escrita con sangre en la cruz del calvario, y por ella somos salvos, Jesús ha resucitado victorioso, ha vencido a la muerte y las familias pese a estar a prueba son el reflejo de Dios, que es familia Padre, Hijo y Espíritu Santo. No estamos solos y la mejor manera de proteger la familia es depositándola en las manos de Dios, confiando en Él y viviendo conforme a sus enseñanzas.

Llega la gran hora de la Iglesia, de las familias, de los esposos y para toda la humanidad es tiempo de fe y esperanza, unamos nuestras oraciones por las familias y confiemos en la ayuda de Dios.

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